Cualquier actividad de prevención de conductas de riesgo, entre ellas, el abuso de drogas, ha de orientarse hacia los ámbitos donde se desarrolla la educación desde la infancia hasta la adolescencia, en el seno familiar, el colegio y el grupo de iguales (compañeros, amigos…). Las drogas están presentes en nuestra sociedad y la forma de relacionarse con ellas surge de nuestra actitud y de nuestra escala de valores.
Para ello se debe mantener una relación fuerte con nuestros hijos, enseñar a diferenciar entre lo bueno y lo malo, establecer normas de conducta y obligarles a cumplirlas, conocer todo lo relativo a las drogas de abuso y sobre todo escuchar realmente a nuestros hijos.
En la etapa de la adolescencia, es común que los jóvenes rechacen las normas y las cuestionen cuando no están de acuerdo con ellas. Que rechace todo lo que forma parte de su infancia, incluidos la autoridad de sus padres y los modelos de referencia que ellos le ofrecen. Se enfrentan al medio que los rodea y actúa de forma contraria a la que le sugirieron los adultos como una forma de afianzar su personalidad. No es aconsejable entrar en su dinámica de reforzar estas actitudes, no se consiguen buenos resultados.
Las actitudes de continua crítica, rebeldía y oposición que se presentan en la adolescencia deben ser consideradas como normales propias de la etapa evolutiva que se está atravesando.
El sentido del humor y la ausencia de susceptibilidad son valiosas armas para soportar los continuos ataques y retos que a los jóvenes tanto les gustan.
A medida que el joven se hace mayor, se encuentra más seguro, accesible y tolerante, lo que facilitará las relaciones familiares.